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Ser feliz, reír, ser optimista, relativizar, buscar el lado positivo… y podría seguir con una infinidad de directrices más, enfocadas a la búsqueda del sentirse siempre bien.

Parte de la psicología, en clave positiva, que ayuda muchas veces, pero que, al mismo tiempo, si no se comprende bien, puede convertirse en una moneda de doble filo, y resultarnos disfuncional.

¿Y por qué digo eso?

Porque esa búsqueda incansable de la felicidad y positivismo, los inputs constantes de frases mantra sobre la sonrisa, el optimismo, etc. hace que lleguemos a un punto en el que parece, que si no nos las aplicamos, la vida nos va a ir peor, lo que nos lleva, al mismo tiempo, a no tolerar las emociones negativas, y, consecuentemente, a no gestionarlas, cuando, irremediablemente también existen, son necesarias y tienen su importancia en el ser humano.

Muchas veces, las personas, nos enfrentamos a situaciones y momentos vitales complicados, por el motivo que sea, y nos resulta difícil tolerar el dolor, la tristeza, la apatía, el miedo, la ira, la frustración, patologizándolas rápidamente, tachándolas de estados emocionales “no normales”,  y al margen de que a nadie nos gusta sentirnos así, nos cuesta aceptarlas como parte de un proceso humano, natural y lógico que responde a determinadas situaciones que nos suceden.

No es necesario ir por la vida siempre con buena cara, mostrando nuestro lado más optimista. No, no lo es, porque las emociones negativas también son parte de nosotros y nos ayudan a superar situaciones y a mejorar como personas.

Teniendo en cuenta la situación actual que estamos atravesando de manera global, en todo el mundo, dónde muchas de estas emociones aparecen en escena angustiándonos cuando son completamente normales, necesarias y positivas aunque parezca contradictorio, veo interesante naturalizarlas y conocer qué función tienen en nuestro estado de ánimo.

¿Qué nos permiten las emociones negativas?

  • Enfrentarnos a nuestros problemas: Sonreír y dar por hecho que el tiempo, la vida en sí misma, o la suerte, serán los agentes que resuelvan nuestros problemas nos sitúan en un papel pasivo y vulnerable ante estos. Si hacemos eso, podemos causarnos un mayor dolor e incrementar las dificultades. Mirar hacia otro lado no las soluciona ni nos hace sentir mejor, es más, se puede crear así una tendencia contraria.

¿Por qué no, estar «de morros» de vez en cuando, o tristes, o con miedo? Aceptar el malestar va a permitirnos enfrentarnos  a nuestros problemas, gestionarlos, autoresponsabilizarnos de la parte que dependa de nosotros, y no dejarlos a un lado ignorándolos.

  • Promover cambios y adaptarnos: Las emociones negativas tienen que impulsarnos al cambio. Cuando nos sentimos mal, se dispara el pensamiento crítico y con éste, la búsqueda de alternativas para salir de esa situación o gestionarla mejor y así, adaptarnos a ella. Por tanto,  son un motor de cambio y adaptación, y nos acercan a la posibilidad de mejorar.
  • Empatizar más con  las personas y la sociedad en general: Sin ir más lejos, la situación actual es un reflejo de ello.  Ver, oír y ser consciente del sufrimiento de los demás, nos despierta tristeza, desasosiego y malestar. Todas estas emociones provocadas por terceros nos permiten implicarnos, nos mueven hacia la solidaridad, la sensibilidad y la motivación por mejorar la situación aportando un pequeño granito de arena.
  • Conocernos íntimamente y protegernos: La rabia, miedos, la frustración por situaciones injustas, etc. pueden darnos mucha información para conocernos a nosotros mismos, no tanto aquella parte que mostramos a los demás, si no la que guardamos para la intimidad más íntima, es decir, para nosotros mismos.  Una vez nos conozcamos, nos permitirán estar en alerta, ponernos en acción y a defendernos cuando sea necesario de amenazas y peligros. 

En definitiva, el miedo, de la ira, el enfado, la frustración, el agotamiento y muchas otras emociones que además, estos días, pueden aflorar con más frecuencia, no debemos sentirlas como un lastre en nuestra personalidad, si no aceptarlas, y ser conscientes de que son parte de nosotros y que no son nada más que una respuesta lógica a lo que nos sucede y que, bien gestionadas, nos permiten adaptarnos a nuestra realidad, buscar  soluciones, o simplemente, encontrar vías de escape que nos protejan. 

No nos tenemos que sentir obligados a reprimir estas emociones, porque queda claro que son necesarias, y que, bien gestionadas, tienen sus beneficios, fuente de aprendizaje y, nos permiten mejorar.

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María Villalba. Psicóloga, sexóloga y terapeuta de parejas.