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Cuando trabajamos en sesión la ansiedad, con frecuencia, observamos que las personas no somos conscientes del poder que ejerce nuestro diálogo interno en cómo nos sentimos y consecuentemente, en cómo nos comportamos.

Y ese diálogo, el que tenemos con nosotros/as mismos/as, es la clave de nuestro  malestar y, como no podría ser de otra manera, de nuestro bienestar también. Lo que nos decimos a nosotros mismos corresponde a la interpretación que hacemos de las situaciones que nos ocurren, y éste, al margen que las situaciones sean mejores y peores, ejercen un gran peso en nuestro estado de ánimo.

Todo el mundo, en varios momentos de nuestras vidas, cometemos errores, no cumplimos quizás un objetivo que nos habíamos planteado, somos conscientes de aspectos de nuestra personalidad que no nos gustan, o de nuestro aspecto físico, hemos recibido críticas nada constructivas, se han reído de nosotros/as,  nos han rechazado, hemos tenido que lidiar con problemas que no eran culpa nuestra, nos hemos enfrentado a discusiones acaloradas y podríamos seguir ampliando esa lista de momentos o situaciones que nos pueden resultar difíciles… Y, si conectamos con el presente, la situación actual que nos rodea, sin ir más lejos, también podría estar en esa lista…

¿Te has parado a pensar en cuál es la diferencia entre aquellas personas que ante cualquiera de las situaciones anteriores lo pasan mal, pero aceptan esas situaciones y sacan aprendizajes de ellas para poder avanzar y reducir ese malestar, y aquellas personas que, sin embargo, se resignan, estancándose en la dificultad o lo problemático, bloqueando cualquier aprendizaje que les pueda resultar productivo y por tanto, alimentando ese malestar?

Su diálogo interno.

Si, esas conversaciones con uno/a mismo/a. En estos momentos… ¿utilizamos un lenguaje amable, respetuoso y motivador,  o,  por el contrario,  nos hablamos con tono duro, crítico (destructivo) e irrespetuoso? Porqué ahí está la clave de cómo nos vayamos a sentir  y de cómo vayamos a gestionar las distintas situaciones que vivamos.

Todas las personas deberíamos hacer este ejercicio diariamente: prestar atención y poner conciencia atenta a cómo nos hablamos. Ese sería el primer paso: identificar esos diálogos internos. Una vez los tengamos identificados, tratar de ver qué creencias distorsionadas se esconden en ellos,  para así, poder trabajar para desmontarlas y buscar otras de alternativas que nos resulten  más funcionales.

No es un trabajo sencillo de hacer solo/a, la guía de los psicólogos/as puede ayudar en el proceso, pero, aquí dejo algunos indicadores que pueden facilitar esa primera fase de tomar conciencia e identificar, y al final, como siempre digo, el primer paso para poder cambiar algo, primero es ser conscientes de ello e identificarlo.

  1. ¿Soy consciente de las cosas buenas que tengo, o sólo me fijo en lo malo que hay en mí?
  2. ¿Soy poco tolerante con mis puntos débiles o me acepto tal y cómo soy?
  3. ¿Me exijo mejoras de forma impaciente, o soy paciente y comprensiva conmigo misma?
  4. ¿Me siento víctima de las situaciones, o soy consciente que todo el mundo sufre, lucha y lo pasa mal?
  5. ¿Me siento dolida por los juicios sobre mi misma y me obsesiona la impresión que doy, o no es el fin del mundo si lo intento, fracaso y los demás lo ven?
  6. ¿Cuándo tengo algún objetivo, me motivo con miedo, enfado y castigo, o me motivo con amabilidad?
  7. ¿Me culpabilizo de muchas cosas o entiendo lo difíciles que pueden llegar a ser las situaciones, responsabilizándome sólo de lo que depende de mí?

Reflexionar sobre ello y trabajarlo, nos puede acercar a sentirnos mejor.

 

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Maria Villalba. Psicóloga, sexóloga y terapeuta de parejas.