La representación de la sexualidad ha existido desde hace millones de años, cuando los humanos, según la época y los materiales, pintaban o esculpían genitales y formas voluptuosas. Sin embargo, gracias a la fotografía y el vídeo, estas representaciones se vuelven muy reales y permiten captarlo todo con precisión, lo que empieza a dar lugar a la pornografía tal y como la conocemos hoy en día. 

Además, la llegada de internet hizo que este contenido fuera accesible a todos los lugares del mundo y a todo tipo de público, con lo que la pornografía se convierte en un recurso fácil para buscar (y encontrar) excitación. Esta facilidad es, precisamente, uno de los motivos por los que puede afectar a la sexualidad, ya que permite obtener niveles de excitación altos de una manera más sencilla y efectiva que “teniendo” que trabajar una relación sexual o teniendo que imaginar aquello que nos estimule, por lo que se puede convertir en una fuente de excitación preferida. Sin embargo, los efectos de esto pueden llegar a ser contraproducentes de diversas maneras:

  1. Si empezamos por el tipo de contenido, aunque hay cada vez más opciones, en la pornografía normalmente podemos encontrar vídeos con un aspecto en común: la falta de vínculo e intimidad en el encuentro. Es decir, el sexo y la intimidad normalmente no se relacionan y se suelen dejar de lado aspectos como el amor, el compromiso, y el respeto. Esto puede enseñar que ser agresivo es deseable en una relación sexual y puede llevar a ver la agresión como algo menos grave. Además, estos aspectos son importantes porque ayudan a encontrar comodidad con la persona y, en general, van a estar presentes aunque la pareja sexual no sea una pareja estable.
  2. Afectación a la autoestima sexual: lo que vemos en la pornografía es ficticio, está editado y trabajado para que quede como lo ha hecho. Sin embargo, de aquí extraemos aquello que debemos ser y/o hacer y, cuando no es el caso, podemos llegar a pensar que no lo hacemos bien, que los genitales no son lo suficientemente bonitos o grandes, que si mi cuerpo no se dobla de maneras imposibles no soy deseable, etc. lo que lleva a incomodidades en el sexo que se basan en querer hacer reales las películas (¡como si quisiéramos conducir como lo hacen en Fast and furious!).
  3. Muy relacionado con el punto anterior y con la introducción, nos encontramos con que, si normalmente usamos la pornografía como recurso, es posible que empecemos a notar que todo lo que no sea ese mundo ficticio ya no nos excita, ¡y quizás antes sí lo hacía!. Eso puede suceder porque nos hemos habituado a lo que el porno nos muestra, pero al ser un mundo ficticio, en la vida real no vamos a encontrarnos con los estímulos que nos enseñan, lo que puede hacernos perder interés o excitación (ya la notemos subjetivamente o como reacción corporal).
  4. Aprendizaje: como he comentado antes, la pornografía es muy accesible, y eso hace que, cada vez con menos edad, los niños y preadolescentes aprendan a través  de esta, integrando todo lo anteriormente comentado (qué se puede hacer, qué se espera de mí, cómo es una relación sexual, etc.)

Hasta ahora todo lo explicado ha sido un poco negativo, pero la pornografía puede resultar útil, siempre que se tome como una fantasía y no como un “mandato”, para encontrar prácticas distintas que quizás querríamos probar y experimentar, ya sea en solitario o en pareja. Además, la pornografía nos puede ayudar a reconciliarnos con ciertos tabúes o prejuicios que podamos tener interiorizados..

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