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Con frecuencia, en terapia de pareja, vemos que muchas de las parejas que vienen a consulta en búsqueda de nuestra ayuda, al margen de la situación en concreto que les haya llevado a ello, hay un denominador común que planea por todos los escenarios… y este es la no aceptación/resignación de determinados aspectos del otro.

Muchas personas, aunque cuando les cuestionas te dicen, inicialmente, que sí, que aceptan a su pareja, en realidad no es así, en realidad invierten una energía incansable en pretender que el otro sea como ellos/as quieren que sea, y el problema viene no tanto a nivel de cambio de hábitos, porque eso sin duda se puede trabajar, ni tampoco aspectos como determinadas habilidades sociales, que también se pueden aprender, entrenar… si no, cuando se trata de rasgos de personalidad que por más intentos, van a seguir apareciendo y estando ahí, y que, si queremos que nuestra relación funcione (siempre que nos compense evidentemente, no se trata de tener que “aguantar” nada que no se quiera), la “solución” pasa por esa aceptación del otro y por un trabajo enfocado no tanto en cambiarle si no en ver cómo se puede encajar con esa realidad del otro que no vamos a cambiar. Viene a ser cambiar el foco de atención del “quiero que sea así”, a “es así, ¿cómo puedo yo encajar con ello?”, siempre y cuando, repito, se trate de tener claro que esa relación compensa.

A la que hacemos ese “click”, empezamos a descubrir a la persona que tenemos al lado, ya que muchas veces, esa batalla incansable para que sea como queremos, hace que no nos hayamos permitido ver que quizás podemos encajar más de lo que pensábamos.

En ese cambio de “click”, obviamente, deben contribuir ambas partes, como yo siempre digo, entre el blanco de uno y el blanco del otro, vamos a dejar de llevarnos a nuestro terreno y crear un tercero, nuevo, válido para los dos, que tenga ese tono gris en el que ambos podamos incluir, quizás parte de renuncia, pero también parte de necesidades satisfechas.

Para reflexionar en cómo se si estoy aceptando o qué estoy aceptando y en qué me estoy resignando de mi pareja/relación, dejo aquí algunos ítems que diferencian perfectamente lo que supone una cosa y otra, para así no confundir ni engañarse, pero sobretodo, para, una vez identificado, empezar ese trabajo hacia el “click”, redirigiendo nuestra atención y energía en lo que verdaderamente puede resultarnos funcional, y no frustrante y desgastador.

Aceptar implica, en términos generales: Me ha pasado esto… ¿qué hago con esto?

Eso, supone, ver determinada situación como una oportunidad para ver más allá de nuestra perspectiva, para aprender de las situaciones, aunque sea una situación dolorosa, nos permite reconocer ese dolor, pero no centrarnos ni alimentar el sufrimiento. Con esa actitud, podemos asumir un papel proactivo ante las situaciones y, por consecuente, no se invierte energía en cambiar la situación, sino, en gestionarla de la mejor manera posible con lo que está en nuestras manos.

Por otro lado, resignarse, en términos generales, supondría: Me ha pasado esto… ¿Por qué a mí?

Sin darnos cuenta, entramos en una actitud de rendición, victimismo y pasividad, con lo que nos estancamos en ese sufrimiento con el respectivo anclaje en ese problema y mala gestión de las emociones, sin avanzar hacia una recuperación, sin sacar aprendizajes, sin aprender de los errores, poniendo el foco de atención dónde sólo gastamos energía en balde, y en definitiva, con una actitud de aguante que en vez de “vivir”, nos lleva a “sobrevivir”.

Dicho esto… ¿cuánto hay de aceptación y cuánto de resignación en nuestra relación de pareja?

 

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María Villalba. Psicóloga, sexóloga y terapeuta de parejas.