Actualmente y de manera general, estamos viviendo un momento histórico en el que la sexualidad no se vive desde relaciones de pareja o el matrimonio, sino que pueden ser más libres y con menos ataduras. Esto nos permite tener poder de decisión sobre nuestra vida, pero también nos plantea preguntas como “¿Qué pasa si alguien quiere una relación estable?, ¿y si me gusta la intimidad con mi pareja sexual?, ¿Y si la persona me está gustando pero solo quiere sexo?.  Si alguien necesita de esta conexión, no es infrecuente que es una persona muy intensa, o que debería rebajar sus expectativas (o, más bien, necesidades). 

Algo parecido pasa en las relaciones estables; una persona puede necesitar más compañía y tiempo en pareja que otra, y eso puede crear conflictos y malestar en todas las partes. 

Este tipo de sucesos a veces nos hacen pensar que el apego es malo e indeseable, pero lo cierto es que los humanos somos seres sociales por definición, y el hecho de socializar implica algún tipo de lazo (y apego, por consiguiente). Si pensamos en nuestra familia, en nuestras amistades, y aquellas personas a las que apreciamos, veremos que su malestar nos duele y que sus acciones y decisiones nos afectan emocionalmente (por ejemplo, que nuestro mejor amigo se vaya a vivir a otro lugar, nos puede generar tristeza por no poder verlo seguido y el cambio que eso implica en las rutinas). Por lo tanto, el apego es algo que va ligado a la emoción, y es importante normalizar.

Dicho esto, nuestros tipos de apegos y la manera de gestionarlos, sí influyen en nuestro bienestar y en la gente que nos rodea.

¿Qué son los tipos de apego?

Según cómo se vayan gestionando nuestras necesidades y autonomía durante los primeros años (algunos autores dirían que incluso meses) se va conformando la manera en la que nos relacionamos, primero con mis cuidadores, y luego con nuestras relaciones. Hay 4 tipos:

  1. Evitativo: cuando son pequeños no hacen llegar las necesidades a los cuidadores, previendo que no se van a satisfacer. Esto se traduce en las relaciones de pareja como más necesidad de estar solos, no comunicar lo que nos preocupa, o incluso no quererlas.
  2. Ambivalente: en las relaciones de pareja, en este estilo hay mucho deseo, incluso necesidad, de estar con ella y hay ansiedad si la pareja no está disponible. Puede haber una desconfianza hacia los demás y el sentir que no van a poder satisfacer sus necesidades.  Es decir, se necesita al otro para estar bien emocionalmente.
  3. Desorganizado: cuando son niños, tienen comportamientos impredecibles y se suele vincular con algún tipo de violencia. En relaciones adultas, pueden no entender los límites, el respeto, sus obligaciones y los derechos.
  4. Seguro: durante la etapa infantil sienten que pueden cumplir sus necesidades si las hacen saber, y tienen autonomía (por ejemplo, al jugar). Este tipo de apego se relaciona con el saber expresar lo que quieren y necesitan en pareja, pudiendo tener espacios individuales sin malestar.

Por lo tanto, el apego en sí es algo común en todos, lo que cambia es el tipo de apego y cómo se gestiona, ya que estos factores influyen en nuestro bienestar (y el de nuestro alrededor). Un apego sano, es aquel que me permite estar con alguien des del  querer, aquel que me permite ser yo y tener autonomía, aquel que me permite entender que lo que hago puede afectar a mi pareja.

Es decir, el apego no es malo. Lo malo que puede tener es que esas necesidades que tengo me afecten a mí y a mi pareja, y si no nos permiten crecer, como personas y como pareja.

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