Cuando una relación empieza todo es emocionante, nuevo, ilusionante, sorprendente y podría seguir con muchos adjetivos más pero no le puedo añadir el adjetivo espontáneo que normalmente sí que se le añade a esos principios. Nos equivocamos con este concepto y etiqueta, creemos que en los inicios todo es fluidez y espontaneidad y que es el tiempo y la estabilidad de una relación lo que hace que se apague esa chispa de naturalidad. 

Seguramente te has encontrado con la situación que voy a exponer, imagínate que has quedado para cenar en casa de tu nueva pareja, que te ha invitado y preparará una rica cena, lo primero que ya añades a tu mente es la idea de que va a haber intimidad y te empiezas a preparar para ello, haces el ritual de tus cuidados personales al mínimo detalle para que todo esté perfecto, la piel, el olor, la ropa (incluida la interior, por supuesto) y también atiendes a tu actitud, intentas ir de buen humor, cariñoso, con temas que hablar, mostrando interés, etc. Y, al mismo tiempo, la otra parte hace lo mismo con el añadido de hacer una velada agradable y romántica, creando el ambiente idóneo para el acercamiento. 

En todo el proceso descrito no hay una pizca de espontaneidad, en cambio, lo tendemos a asociar. Todo está pensado, preparado y previsto, pero lo vivimos con una naturalidad que con el tiempo pensamos que se pierde cuando no es así. 

Cuando veo parejas en consulta que quieren trabajar la intimidad y la sexualidad y genero propuestas y objetivos para lograrlo, siempre escucho la frase “esto no me motiva, no me nace porque no es espontáneo como al principio”. Si no rompemos con estas ideas equivocadas es muy difícil que una relación estable pueda mantener la sexualidad y la intimidad. Desde el inicio éstas han sido generadas, esperadas y trabajadas, la diferencia es que había una motivación que no hacía falta generar, ésta aparecía sola gracias al torrente emocional del principio. Por tanto, se trata de plantearse si uno realmente tiene ganas de trabajar, de ponerle energía y dedicación al ámbito íntimo de la relación sin esperar que salga solo o caiga del cielo. 

Cada día repito mil veces la idea de que una pareja supone un reto, una dedicación e implicación diaria, es un trabajo más que seguro que nos encanta, pero no deja de ser un aspecto más a cuidar y mantener. Para que una relación fluya y sea positiva no sólo hay que tener en cuenta este aspecto de la intimidad, hay muchos pilares más que deben cuidarse, desde los comunes hasta los individuales. Me refiero a que la pareja empieza desde uno mismo, el autocuidado, el tener proyectos propios, una red social, aficiones, etc. porque debemos generar interés y admiración en el otro y sentirnos bien con nosotros mismos. Pero también debemos tener presentes los aspectos compartidos, la comunicación, el ocio, las obligaciones, los proyectos comunes, etc. 

Por tanto, toca pensar en qué hace uno mismo para que la relación funcione en vez de esperar a que fluya sola y haya espontaneidad y, sobretodo, reflexionar primero respecto a qué hace uno mismo y no empezar por exigir al otro. Para pedir primero hay que dar y dar lo que la pareja necesita y no lo que nosotros creemos que quiere. Eso supone quizás, hablar, conocer y definir las necesidades tanto de la pareja como las tuyas y, a posteriori, poder definir las acciones y actitudes que queremos aportar a la relación para que esta funcione. 

 

 

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Fuente: La Alcoba – La Vanguardia (Núria Jorba