En ocasiones podemos darnos cuenta que nuestro deseo sexual no es igual que el deseo de nuestra pareja o bien porque notamos que él o ella tiene siempre más ganas que nosotros o bien porque le activan unas cosas que quizá a nosotros, no tanto. 

Cuando esto ocurre podemos pensar que no tenemos deseo o que algo nos está pasando para empezar a notar ciertos desequilibrios en esta área. 

Quizá sea importante entender cómo suele funcionar el deseo de unos y otros para poder valorar. 

Si el lector nos lo permite, nos centraremos en este escrito en parejas heterosexuales para ver en ellas más claras las diferencias que aquí vamos a exponer. 

Cuando una pareja comienza, el deseo sexual es casi inmediato. No necesitamos que pasen muchas cosas para activarnos. Es un deseo que podemos llamar “impulsivo”, incluso más fisiológico. En estos momentos de la relación no suele haber desequilibrios y el deseo suele funcionar más o menos igual. Cuadramos en frecuencias y no hay problemas para ponernos de acuerdo en el cuándo. 

A medida que el tiempo pasa, la relación se estabiliza y entramos en lo cotidiano donde  podemos empezar a notar el cambio en nuestro deseo. Y es aquí donde hacemos uso de la pareja heterosexual para explicar brevemente y de forma muy general, las diferencias que podemos encontrar en muchos hombres y mujeres con respecto al deseo. 

Dejando claro que no todos los hombres responden siempre al mismo modelo ni todas las mujeres tampoco, lo que solemos encontrar en terapia es que muchos hombres responden a un tipo de modelo de deseo sexual y muchas mujeres a otro diferente. 

En líneas generales, diremos que el deseo sexual de muchos hombres es un deseo más impulsivo, fisiológico y que se activa con cierta facilidad. Por el contrario, el deseo sexual de muchas mujeres  responde a otro tipo de estímulos quizá menos visuales y menos rápidos. Responde a estímulos que tienen que ver más con la calidad de la relación, la intimidad y la necesidad de generar vínculos. Para que este deseo se active es necesario un proceso previo que suele conllevar el uso de conductas adecuadas, fantasías o aspectos clave que lo logren activar. 

Como vemos, es posible notar ciertas diferencias con el deseo de nuestra pareja e incluso, notar ciertos desequilibrios a la hora de ponernos de acuerdo en el “cuándo” mantener relaciones sexuales o en la cantidad “adecuada” para estar satisfechos y satisfechas. 

¿Qué podemos hacer?

  • Analizar cómo es mi deseo sexual. Qué cosas me activan y qué me motiva para tener un acercamiento sexual con mi pareja. 

  • Saber qué momentos son los más adecuados para mí. En ocasiones disponemos de poco tiempo para estar juntos y encontrar esos momentos, será uno de los aspectos fundamentales.

  • Entender cómo funciona el deseo sexual de mi pareja y saber que, posiblemente, no se comporte igual que el mio. 

  • Saber que el deseo sexual debe trabajarse de manera habitual. El deseo no se activa de forma espontánea en la mayoría de ocasiones, sino que requiere de un trabajo individual y previo. Esperar que llegue de forma espontánea puede darnos resultados poco satisfactorios. 

Además de todo esto que hemos puntualizado, es fundamental entender que querer mantener relaciones sexuales con mi pareja no es sinónimo de querer un coito. Existe una amplia gama de conductas sexuales que podemos llevar a cabo con nuestra pareja que no incluyan necesariamente la penetración, incluso que no pasen por los genitales.

Atrévete a ir más allá del orgasmo y la penetración poniendo el objetivo de las relaciones en el disfrute, la satisfacción y el placer mutuo y no en obligaciones ni tareas que cumplir. 

Analiza qué te gusta y comunícalo de forma asertiva con tu pareja. Dedicar un espacio a la comunicación erótica será clave para mejorar nuestra sexualidad.

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