Cuando llega la primavera se inicia una etapa hasta finales de verano, las bodas. Muchas parejas eligen esta época para casarse y mostrar al mundo y a su entorno social que quieren estar unidas para el resto de sus vidas. Básicamente las probabilidades de que llegues a septiembre sin haber acudido a una boda de un familiar, amigo, conocido o quizás tu propia boda cada vez son menos. 

Cierto es que debido a la pandemia esto ha cambiado, pero esperemos que sea para un breve período, aunque hay que matizar que cada vez hay menos gente que decide casarse.

El motivo principal es la liberación e independencia femenina. Hoy en día la mujer se encuentra en un estado de autosuficiencia a nivel de necesidades: su economía, su trabajo, su entorno social, etc. hacen que no dependa de una pareja para poder vivir. Automáticamente nos lleva a ‘poder elegir’ y por tanto provoca una mayor exigencia de requisitos que se busca en la pareja. Al hombre también le ocurre un poco lo mismo ya que internet y las redes sociales nos ofrecen una amplia gama de opciones y hacen que sintamos que podamos pedir más, que podamos elegir; quedarnos con uno o una es complicado y dudoso, de ahí que el miedo al compromiso haya ido in crescendo.

Otro de los motivos es que la sociedad se encuentra en un momento de ‘vive la vida’ ‘vive al día’ así que pensar a largo plazo cada vez es más complicado porque las cosas están cambiando día a día, evolucionan con mayor rapidez. Hacernos elegir una pareja para el resto de nuestra vida cuando no sabemos qué haremos mañana es bastante contradictorio.

Todo esto hace también que incluso la gente en relaciones estables se plantee más la duda de casarse o no. ¿Cómo nos va afectar? Lo cierto es que una pareja debe evolucionar, debe tener proyectos en común, sentir que va creciendo, que va creando un camino. Y la boda es una de las opciones que nos pueden proporcionar esta sensación de evolución y de proyecto de pareja, así como añade el componente social: mostrar al mundo la felicidad, el decir a los más allegados ‘esta persona es con la que quiero compartir mis vivencias’. Pero no es la única opción, estos componentes se pueden conseguir de muchos modos, el compromiso puede ser simbólico, o nos podemos dedicar a crear otros proyectos comunes o, incluso, tener un hijo.

En fin, las diez falsas razones y errores (que son mucho más frecuentes de lo que puede parecernos) por las que una persona puede decidir casarse son:

1.- Focalizar solo aquello que nos gusta a nivel externo de la pareja, su atractivo, su dinero, las posesiones o su vida social, olvidando otros aspectos muy decisivos como el carácter, la personalidad, los defectos y virtudes, los intereses, la idea de vida, etc.

2.- Idealizar a la pareja, quedarnos con la idea que siempre hemos tenido en mente en vez de ir viviendo las experiencias reales. Esto es bastante típico cuando se decide una boda antes de tiempo, antes de conocer las distintas facetas de nuestra pareja.

3.- Miedo a quedarnos solos o a no seguir la corriente de nuestras amistades, casarnos porque se casan ellas.

4.- Querer conseguir la independencia respecto a los padres, poder salir de casa. Esto a día de hoy es cierto que cada vez es menos común.

5.- Miedo a interrumpir un noviazgo de muchos años por el escándalo social que podemos provocar y seguir hacia el matrimonio.

6.- Casarnos pensando que podremos conseguir cambiar a nuestra pareja.

7.- Buscar en nuestro marido o mujer un futuro padre o madre, sin atender al resto.

8.- Pensar que el matrimonio puede ser un remedio para los problemas existentes en la relación de pareja.

Si quieres saber más y conocernos sigue navegando por nuestra web

Fuente: La Alcoba – La Vanguardia (Núria Jorba)