Las relaciones de pareja, cada vez son más complejas, pero al mismo tiempo más libres. Con el paso de los años realizando consultas terapéuticas a parejas me he dado cuenta que cada vez hay más opciones dónde elegir y, por ende, más libertad, pero también más dificultad y complejidad en que ambos miembros sigan el mismo camino. 

Hay aspectos en pareja en los que podemos ceder, adaptarnos para encontrar ese punto común. Ceder no es malo en pareja, simplemente es buscar un punto común y tener flexibilidad. Lo importante es que sintamos que ambas partes lo hacen y no solo uno de los miembros, así como se hace sobre aspectos que no te suponen ningún malestar ni hace que dejes de ser tú mismo.

El concepto de la adaptación en pareja va muy vinculado al concepto de equidad. Es decir, si sentimos que estamos en equilibrio con la pareja, que hay una distribución equitativa de las cosas, que ambos se apoyan y se cuidan y ambos ceden, la adaptación será fácil y sencilla y muy fluida. La dificultad aparece cuando esta sensación de igualdad no existe y siempre es uno quién se adapta o cede a las necesidades del otro.

Por supuesto, todo lo que estoy comentando hasta ahora tiene que ver con pequeños actos o pequeños aspectos en los que es posible una adaptación y una flexibilidad. Pero, ante temas que son vitales, que generan un antes y un después, es importante reflexionar bien sobre ello. 

Hay dos bloques diferenciados, aquellos temas que suponen un cambio drástico pero que siempre hay posibilidad de deshacer más o menos la situación o aquellos temas que el cambio aparte de ser drástico es para siempre, es decir, no hay vuelta atrás. Si hay oportunidad de deshacer el hecho aún nos podemos arriesgar, es decir, se puede probar y valorar si se parte de unas dudas y no se tiene claro el camino a tomar por mucho que se le dé vueltas, por ejemplo, irse a vivir a otro lugar, comprar una segunda residencia, etc. Una de las situaciones de adaptación con posibilidad de vuelta atrás que veo cada vez más a menudo es el planteamiento de una relación abierta, normalmente uno de los miembros es quién lo desea y lo expone y el otro quizás tiene dudas o no lo ve claro, pero tampoco se ve en la tesitura de dejar la relación. En este caso se puede intentar, hacer pasos pequeños y firmes e ir valorando cómo cada uno se va sintiendo. 

En cambio, hay otros aspectos como el hecho de ser padres que no puede partir de una idea de renuncia o de adaptación, por supuesto se puede valorar a nivel psicológico si hay algún bloqueo o factor que esté condicionando la decisión, pero si no es así hay que ser honesto, comunicar lo que sientes a la pareja y posicionarse al respecto, aunque ello conlleve una separación. 

Si en este caso se llegara a ceder para hacer feliz a la pareja, en algún momento habría un arrepentimiento y, seguramente, se echaría en cara a la pareja o se pediría una infinidad de cosas a cambio de esa renuncia sin llegar nunca a compensar. A partir de ahí la relación ya estaría condenada al fracaso porque un vínculo sano y positivo no puede partir de la renuncia ni de los contratos ni de hacer compensar al otro algo que hemos hecho.

Muchas veces asociamos el amar a alguien con cumplir y cubrir todas sus necesidades, pero no tiene porqué ser así, quizás la mejor forma de amar, aunque en ocasiones duela, es ser sinceros, honestos y permitir que cada uno tenga la vida que se desea. 

En el caso que se me expone, seguramente la pareja lo que quiere es crear una familia, pero qué familia se va a generar si uno de los dos no lo desea y seguramente lo viva con desgana y resignación por el hecho de haber dejado la vida que quería. 

Por tanto, si se llega a este punto hay que poner las cartas sobre la mesa, buscar opciones de acoplamiento sin renunciar ninguno de los dos y si no las hay saber afrontar la ruptura.

 

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Fuente: La Alcoba – La Vanguardia (Núria Jorba)